- Buenas noches- me dijo el señor Tod, sonriente y triunfal mientras me apuntaba con la video cámara.
- ¿Qué? ¿Qué haces tú aquí? ¿Qué haces con esa cámara?
- No tengo costumbre de ir allí a donde no me han invitado.
- ¿Quién eres realmente? ¿Qué pretendes? Por favor… Por favor –supliqué- déjame en paz.
- Grabarte, evidentemente. Pensé que te gustaría ver los cambios que he introducido en mi última creación –apuntó mientras me miraba fijamente con aquellos ojos que parecían salirse de sus cuencas oculares, que a pesar de la existencia de los párpados se negaban a utilizarlos-. Es una maravilla, es como si poseyera voluntad propia, ¿no crees? Es maravilloso cómo las obras pueden cambiar según son creadas, transgrediendo por si mismas el sentido original con el que fueron creada y cobrando vida. Sigue así, esa expresión de horror cuadra perfectamente con la trama principal de la historia. Sencillamente maravilloso.
No recuerdo que dije, ni tampoco qué es lo que hice, ni cómo concluyó todo aquello. Sólo sé que de repente caí en la cuenta, me inspiré y supe con total certeza que significaba todo aquello. Comprendí cuál fue nuestro error, de los componentes de das Kreis, y que no estaba equivocado del todo al pensar que aquello era una mala broma. Demasiado retorcida para tener gracia, incluso. Tot era la transcripción griega de Dyehuty. Sin embargo no sólo es una deidad egipcia, tot es el participio del verbo morir en alemán, así que convocamos al muerto, o en otras palabras: llamamos a la muerte. Que, ironías de la vida, en alemán es die Tod. Había decidido divertirse con nosotros para dar vida (con nuestra muerte) a su nueva obra, que había espado de su control y había decidido terminar abruptamente el trabajo.
Todo tiene un principio y un final. El sentido de la vida no termina con la muerte, sencillamente es parte del ciclo. Pueden extraerse muchas conclusiones de las distintas culturas que han abordado el tema de la muerde desde diferentes perspectivas, pero cuando uno ya no está vivo, pierde el interés en estas cosas.
¿Lo ve? No mentí cuando dije que mi historia al menos era entretenida, aunque se base en una mala broma y en un pésimo juego de palabras. A veces hay que tomarse las cosas con humor.
- Vaya, ¿así que al final hicieste un trabajo a partir de un chiste malo?
- Bueno... eh... Sí, eso hice.
sábado, 5 de junio de 2010
Capítulo III: Tod
- Buenas noches, caballeros –dijo un hombre al otro lado de la sala que se aproximó lentamente al interior del círculo. Si no hubiesen permanecido enmascarados, me atrevería a afirmar que los integrantes de Das Kreis estaban tan atónitos como yo. Seguramente era la primera vez que funcionaba “el ritual”, o que alguien interrumpía una sesión ocultista a tres de la mañana, nunca se sabe. Imaginarme a Dajjal con la misma cara de bobo que yo, por alguna extraña razón, me reconfortaba.
Bajo la luz de la luna el aspecto del hombre era… peculiar. A diferencia de lo esperado: una figura humanoide masculina, de tronco desnudo y bien torneado, con cabeza de ibis y con una faldita de época; el grupo se encontraba frente a un hombrecillo de mediana edad y baja estatura, tez pálida, blanquecina, completamente calvo, desprovisto de cejas y con un rostro arrugado sumamente inquisitivo. Sus ojos inquietantes, excesivamente abiertos, examinaban detenidamente a los adeptos de das Kreis. Iba ataviado con un traje negro y portando una cámara de vídeo en la mano izquierda. Se dibujaba en su semblante una amplia sonrisa presumiblemente forzada en lo que parecía ser un ademán burlón, cuyos labios tenían un tono exacerbadamente rojizo.
- ¡Oh, gran Dyehuty! – se apresuró a proclamar Dajjal, o a tartamudear más bien-, señor… encarnación de la sabiduría, la escritura, la música y la Luna. ¡Oh gran Dyehuty!, tenemos una pregunta que formularos.
- Ah… prefiero que me llamen Tod, es más corto –apuntó el recién llegado. Tot era el nombre griego de la misma divinidad, y si hubiera que humanizarlo y adaptarlo a los tiempo moderno, Tod resultaba extremadamente pertinente. Si era un intruso, venía muy bien informado.
- Eh… sí, eso. ¡Oh, gran Tod! Divinidad, encarnación y señor de la sab…
- Señor Tod, si no es mucha molestia.
- Oh… claro. Esto… ¡Oh, gran señor Tod! Una cuestión tenemos que formu…
- Sí, claro. Yo también. Encantado. Si me disculpáis tengo que irme a recoger una cosa… al tinte, ya saben. Bueno, ya nos veremos –se despidió sonriente.
Y se fue. Sí, abandonando la sala sin más.
Los integrantes de das Kreis intercambiaron miradas atónitas entre sí. O se miraron intuyéndose caras de asombro y perplejidad entre ellos. Cada vez entendía menos de lo que pasaba a mí alrededor. Por suerte no era el único.
- ¡Qué demonios a pasado! –estalló Dajjal al cabo de unos minutos-. ¡Panda de incompetentes! ¿Qué habéis hecho mal para qué esto termine así? ¡Sois unos desgraciados!
Los hermanos y hermanas de das Kries agacharon la cabeza y se contemplaron los pies posiblemente avergonzados de sí mismos. Uno no se dedica durante años al ocultismo para que a la primera de cambio le sucediesen estas cosas. Bastante ya parecían tener con su propio pesar para añadir las voces y estridentes gritos de Dajjal. La sesión se canceló media hora más tarde dada por fracasada y cada miembro se retiró a sus dependencias. En lo que a mi respectaba el señor Tod era una especie de héroe-humorista que les había dado una buena lección de humildad a aquella panda de megalómanos.
Lo sucedido en los días subsiguientes me temo que fueron los hechos más turbadores de toda mi vida, no sabría especificar hasta que punto. Apenas un par de días después del incidente Hans me llamó al teléfono para contarme un alarmante acontecimiento: Luna había recibido en su apartamento una misteriosa cinta de vídeo que recopilaba escenas en la que fue grabada infraganti en diversos momentos en los que ella afirmaba estaba completamente sola. Y por lo que me contaba Hans, era impensable que ella se filmase a si misma en el baño o mientras dormía.
Los miembros de das Kreis restaban importancia a aquel suceso. Seguramente no se tratase más que de un acosador, afirmaba constantemente Trismegistos. Sin embargo se equivocaba, pues bastaron 24 horas después de haber sido informado para que Luna apareciese muerta incrustada en una antena de televisión del edificio donde residía.
Ciertamente, como afirmaban algunos adeptos aquello podía tratarse de un hecho aislado, sin mayor trascendencia y se hubiera dado por una perturbación azarosa en el sistema. Nada más lejos de la realidad pues indiscriminadamente iban llegando a más y más vídeos con escenas cuyo contenido cada vez se tornaba más preocupante. Ya no se limitaban a ser discretas filmaciones de momentos de descuido de los integrantes del grupo, sino que las filmaciones contenían primeros planos y momentos donde las víctimas aparecían y conscientes y mirando a cámara. Lo peor de todo es que ellos no recordaban haber sido grabado en ninguno de aquellos lapsos temporales. Yo permanecía ajeno a estos incidentes ya que me distancié un poco del grupo y decidí centrarme en los estudios. Las investigaciones policiales en curso estaban paradas, las cintas no tenían ningún tipo de huella, las grabaciones no habían sido manipuladas. No había rastro de quien quiera que hubiera acometido aquella macabra empresa y las fuerzas del orden correspondiente estaban en blanco, sin un rumbo fijo ni objetivos concretos. Y mientras tanto las víctimas se iban sucediendo una tras otra. Tengo que hacer un gran acto de autocontrol para no perder los estribos rememorando estos sucesos tan escalofriantes, no sé cómo demonios conseguí mantener la calma y mi cabeza fría en todo momento. Supongo que es la magia de los exámenes finales y de los trabajos de fin de curso, que le dejan a uno demasiado exhausto para dedicar tiempo a la contemplación de otros menesteres.
El caso es que una buena mañana encontré una cinta de vídeo en el buzón. Llamé a Hans antes comenzar su visionado, ya que estaba muerto de miedo en aquel momento y él era posiblemente la única persona a quién pudiera confiarle aquello. Aún recuerdo cómo me temblaba el pulso y cómo el corazón parecía que me iba estallar el corazón e mil pedazos. No conseguí dar con él a pesar de mi insistencia.
Si hubiera abierto los periódicos en aquella época hubiera descubierto que la oleada de homicidios continuaba sobre la universidad y que se había extendido el pánico a raíz de la última víctima, un tal Hansel von Stauffen, que apareció desmembrada en multitud de lugares de la facultad de ciencias. Y sin duda, un detalle que me hubiera resultado relevante es que tanto su cabeza cómo su corazón aparecieron en el vestíbulo de la facultad donde llamamos al señor Tod.
No obstante estaba bastante ocupado estaba temblando de miedo contemplando una película protagonizada por mi mismo con breves tomas de algunas de las actividades que había desempeñado en las últimas semanas. Y contemplándome a mi mismo morir tras una caída desde la ventana de mi cuarto. Aquello no podía estar teniendo lugar, ¿verdad? ¿Cómo reaccionaría viéndose a uno mismo perecer tan estúpidamente?
Bajo la luz de la luna el aspecto del hombre era… peculiar. A diferencia de lo esperado: una figura humanoide masculina, de tronco desnudo y bien torneado, con cabeza de ibis y con una faldita de época; el grupo se encontraba frente a un hombrecillo de mediana edad y baja estatura, tez pálida, blanquecina, completamente calvo, desprovisto de cejas y con un rostro arrugado sumamente inquisitivo. Sus ojos inquietantes, excesivamente abiertos, examinaban detenidamente a los adeptos de das Kreis. Iba ataviado con un traje negro y portando una cámara de vídeo en la mano izquierda. Se dibujaba en su semblante una amplia sonrisa presumiblemente forzada en lo que parecía ser un ademán burlón, cuyos labios tenían un tono exacerbadamente rojizo.
- ¡Oh, gran Dyehuty! – se apresuró a proclamar Dajjal, o a tartamudear más bien-, señor… encarnación de la sabiduría, la escritura, la música y la Luna. ¡Oh gran Dyehuty!, tenemos una pregunta que formularos.
- Ah… prefiero que me llamen Tod, es más corto –apuntó el recién llegado. Tot era el nombre griego de la misma divinidad, y si hubiera que humanizarlo y adaptarlo a los tiempo moderno, Tod resultaba extremadamente pertinente. Si era un intruso, venía muy bien informado.
- Eh… sí, eso. ¡Oh, gran Tod! Divinidad, encarnación y señor de la sab…
- Señor Tod, si no es mucha molestia.
- Oh… claro. Esto… ¡Oh, gran señor Tod! Una cuestión tenemos que formu…
- Sí, claro. Yo también. Encantado. Si me disculpáis tengo que irme a recoger una cosa… al tinte, ya saben. Bueno, ya nos veremos –se despidió sonriente.
Y se fue. Sí, abandonando la sala sin más.
Los integrantes de das Kreis intercambiaron miradas atónitas entre sí. O se miraron intuyéndose caras de asombro y perplejidad entre ellos. Cada vez entendía menos de lo que pasaba a mí alrededor. Por suerte no era el único.
- ¡Qué demonios a pasado! –estalló Dajjal al cabo de unos minutos-. ¡Panda de incompetentes! ¿Qué habéis hecho mal para qué esto termine así? ¡Sois unos desgraciados!
Los hermanos y hermanas de das Kries agacharon la cabeza y se contemplaron los pies posiblemente avergonzados de sí mismos. Uno no se dedica durante años al ocultismo para que a la primera de cambio le sucediesen estas cosas. Bastante ya parecían tener con su propio pesar para añadir las voces y estridentes gritos de Dajjal. La sesión se canceló media hora más tarde dada por fracasada y cada miembro se retiró a sus dependencias. En lo que a mi respectaba el señor Tod era una especie de héroe-humorista que les había dado una buena lección de humildad a aquella panda de megalómanos.
Lo sucedido en los días subsiguientes me temo que fueron los hechos más turbadores de toda mi vida, no sabría especificar hasta que punto. Apenas un par de días después del incidente Hans me llamó al teléfono para contarme un alarmante acontecimiento: Luna había recibido en su apartamento una misteriosa cinta de vídeo que recopilaba escenas en la que fue grabada infraganti en diversos momentos en los que ella afirmaba estaba completamente sola. Y por lo que me contaba Hans, era impensable que ella se filmase a si misma en el baño o mientras dormía.
Los miembros de das Kreis restaban importancia a aquel suceso. Seguramente no se tratase más que de un acosador, afirmaba constantemente Trismegistos. Sin embargo se equivocaba, pues bastaron 24 horas después de haber sido informado para que Luna apareciese muerta incrustada en una antena de televisión del edificio donde residía.
Ciertamente, como afirmaban algunos adeptos aquello podía tratarse de un hecho aislado, sin mayor trascendencia y se hubiera dado por una perturbación azarosa en el sistema. Nada más lejos de la realidad pues indiscriminadamente iban llegando a más y más vídeos con escenas cuyo contenido cada vez se tornaba más preocupante. Ya no se limitaban a ser discretas filmaciones de momentos de descuido de los integrantes del grupo, sino que las filmaciones contenían primeros planos y momentos donde las víctimas aparecían y conscientes y mirando a cámara. Lo peor de todo es que ellos no recordaban haber sido grabado en ninguno de aquellos lapsos temporales. Yo permanecía ajeno a estos incidentes ya que me distancié un poco del grupo y decidí centrarme en los estudios. Las investigaciones policiales en curso estaban paradas, las cintas no tenían ningún tipo de huella, las grabaciones no habían sido manipuladas. No había rastro de quien quiera que hubiera acometido aquella macabra empresa y las fuerzas del orden correspondiente estaban en blanco, sin un rumbo fijo ni objetivos concretos. Y mientras tanto las víctimas se iban sucediendo una tras otra. Tengo que hacer un gran acto de autocontrol para no perder los estribos rememorando estos sucesos tan escalofriantes, no sé cómo demonios conseguí mantener la calma y mi cabeza fría en todo momento. Supongo que es la magia de los exámenes finales y de los trabajos de fin de curso, que le dejan a uno demasiado exhausto para dedicar tiempo a la contemplación de otros menesteres.
El caso es que una buena mañana encontré una cinta de vídeo en el buzón. Llamé a Hans antes comenzar su visionado, ya que estaba muerto de miedo en aquel momento y él era posiblemente la única persona a quién pudiera confiarle aquello. Aún recuerdo cómo me temblaba el pulso y cómo el corazón parecía que me iba estallar el corazón e mil pedazos. No conseguí dar con él a pesar de mi insistencia.
Si hubiera abierto los periódicos en aquella época hubiera descubierto que la oleada de homicidios continuaba sobre la universidad y que se había extendido el pánico a raíz de la última víctima, un tal Hansel von Stauffen, que apareció desmembrada en multitud de lugares de la facultad de ciencias. Y sin duda, un detalle que me hubiera resultado relevante es que tanto su cabeza cómo su corazón aparecieron en el vestíbulo de la facultad donde llamamos al señor Tod.
No obstante estaba bastante ocupado estaba temblando de miedo contemplando una película protagonizada por mi mismo con breves tomas de algunas de las actividades que había desempeñado en las últimas semanas. Y contemplándome a mi mismo morir tras una caída desde la ventana de mi cuarto. Aquello no podía estar teniendo lugar, ¿verdad? ¿Cómo reaccionaría viéndose a uno mismo perecer tan estúpidamente?
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martes, 1 de junio de 2010
Capítulo II: La Llamada
Por fin llegó el gran día. Hans les había hablado a los miembros de das Kreis de mis progresos en el ocultismo. Según sus propias palabras, “aprendía rápido para ser un novato”. Era halagador, así como una prueba de mi valía ya que después de todo el esfuerzo depositado en aquel desafío mi curiosidad se vería recompensada: conocería a los integrantes del grupo.
- Martes 21, a las 00.00 en el vestíbulo del anexo, quedaremos 10 minutos antes en la puerta de la facultad- una hora y un lugar, era todo lo que necesitaba saber. Aunque a esa hora ese lugar fuese prácticamente inaccesible, Hans me dijo que no me preocupara por nada.
A diferencia de mis expectativas, no hubo ceremonia de bienvenida, ni pronunciación de votos secretos ni nada místico o extravagante. Me decepcionó un poco, la verdad, pues Hans se limitó a proporcionarme una túnica y una máscara. Me dijo que a partir de ese instante, cuando llevase la máscara sería Aralim, el dirigente de la orden angelical de los tronos en la cábala judía. No sabría judgar si era un nombre adecuado, el caso es que sonaba bien y me mostré conforme con su decisión. La máscara en sí no era gran cosa, un antifaz de porcelana escasamente ornamentado y con un ala emplumada en cada extremo, acorde mi nuevo alter-ego. Una vez me hube enfundado en la túnica carmesí, bastante liviana y exquisitamente confeccionada, nos dirigimos al interior del edificio. Sorprendentemente estaba abierto.
Sólo se escuchaba el repiqueteo de la calefacción de la sala de máquinas. La enorme sala permanecía a oscuras salvo por los haces de la luz lunar que penetraban por la claraboya del vestíbulo: el firmamento estaba despejado aquella noche, aquella noche de luna llena, aquella noche fatal. Das Kreis estaba reunido, y sus integrantes –cerca de una treintena de destacados individuos ataviados con largas túnicas ceremoniales- aguardaban pacientemente, dispuestos formando un círculo perfecto. Hubiera sido imposible distinguirles aunque me lo hubiese propuesto, pues todos los allí presentes ocultábamos el rostro bajo una capucha y, por si aquello fuera poco, tras la máscara. Cada uno tenía la suya, conformando así la identidad del miembro dentro de das Kreis, pero asimismo desvinculándole de su mundana e inútil existencia terrenal. En aquella sala todos éramos únicos y a su vez no éramos nadie.
Uno de los encapuchados dio un paso al frente, enseñando su máscara a los demás presentes: un Oni o demonio japonés. Antiguamente eran utilizadas por los guerreros samuráis para infundir terror en sus enemigos. Más tarde me enteré de que su nombre en das Kreis era Dajjal, el anticristo musulmán. Una enorme bestia que se alzaría en el fin de los tiempos contra los enemigos de Alá. Espeluznante.
- Hermanos, hermanas- dijo ceremoniosamente con una voz masculina-. Hoy estamos aquí reunidos con un propósito: terminar con la vida humana sobre la faz de la Tierra. Los astros han convenido que zanjemos hoy este asunto, la humanidad no merece seguir viviendo.
- No estoy de acuerdo- replicó una voz femenina, dando un paso al frente la figura en el extremo opuesto del círculo a Dajjal. No necesité ver más que su máscara para conocer su nombre en clave: Luna-. Los humanos hemos podido cometer muchos errores, pero también son responsables de multitud de buenas obras y de creaciones magistrales. Puede que no a nivel político, puede que no en ese mar de corrupción que son las altas esferas, pero sí en los contextos cotidianos, en el día a día, los humanos somos capaces de obrar abnegadamente por los demás, incluso por los desconocidos. Obras como esas merecen un acto de fe.
- Los humanos no juegan ningún papel importante en las fuerzas naturales- prosiguió Dajjal haciendo caso omiso de la intervención de Luna-, de hecho no respetan las normas implícitas de ningún ecosistema. A diferencia de los demás animales no se adaptan al medio, adaptan el entorno a sus demandas, destruyendo las reservas y recursos naturales que poseen paulatinamente. Sólo hay un organismo que se extienda y destruya a la misma velocidad que los humanos: los virus. ¿Y que hacemos con los virus? Erradicarlos. Eso debemos hacer con los humanos.
Aquello me hizo plantearme entonces qué papel juega el hombre en la vida, en la naturaleza. Alguien me dijo una vez que somos la forma que tiene la naturaleza de experienciarse a si misma. Ningún otro organismo vivo realiza los análisis meta-cognitivos que nuestra especie ha realizado sobre el entorno en el que nos desenvolvemos. Puede que estemos terminando con ello progresivamente, es más, puede que la naturaleza se vengue de nuestra osadía… pero afortunadamente la naturaleza no es más que un constructo humano, una especie de divinidad inventada sobre la marcha para poder estudiar cómo funciona el mundo. La percepción de control que se tiene al hablar de la naturaleza como único factor desencadenante de distintos fenómenos es mucho mayor que si descomponemos el constructo de naturaleza en múltiples causas o fenómenos naturales –valga la redundancia. Nos gusta tener todo bajo control, por eso creemos tanto en la ciencia, porque es una disciplina a priori rigurosa y que controla las distintas variables. Es mucho más conciliador pensar en un sistema lineal y controlado que en uno caótico.
Por desgracia –o por fortuna-, la naturaleza, la vida, son sistemas caóticos, esto es: multicausales, con tantos factores determinantes de un mismo hecho que es imposible controlarlos todos. En estos sistemas es imposible predecir las consecuencias ya que todo esta relacionado con todo y una perturbación aleatoria y trivial puede tener consecuencias catastróficas, mientras que un desastre enorme en uno de los factores apenas puede tener impacto. Esto se conoce como efecto mariposa.
Sin embargo existe en los sistemas caóticos una fuerza, un atractor, que restaura el equilibrio de los mismos después de los disturbios que puedan producirse en el mismo. ¿Qué sucede con la Tierra? Que los humanos están atacando esos mecanismos reguladores, y poco a poco los desastres ocasionados por éstos podrían quedar sin equilibrarse, destruyendo el sistema y creando necesariamente uno nuevo donde, quién sabe, quizás no haya cabida para la especie humana. Quizás Dajjal tenga razón y los seres humanos merezcan la extinción.
Un prolongado silencio siguió a la intervención de Dajjal. Sólo Casandra se atrevió a romper la tensión imperante en el ambiente, con su voz delicada.
- ¿Y qué hay del amor?
- ¿El amor? No me hagas reír- replicó Dajjal-. Querrás decir el sexo, la función reproductiva. No es más que un patético intento de disfrazar la verdad con sensiblerías pseudo-trascendentales.
- No estoy de acuerdo – Luna volvió a tomar la palabra antes de que Dajjal empezase con uno de sus nuevos monólogos catastrofistas-. No hay nada más hermoso que amar y ser correspondido. El sexo sin amor es basura comparado con la plenitud de hacer el amor con tu pareja.
- Ya está aquí la sensiblera –intervino Hans, cuyo nombre en clave era Dumah, el ángel de la oscuridad-. Coincido con Dajjal, el amor no es más que un artefacto cultural fruto de la sociedad para enmascarar la función reproductiva. Existen diversos estudios antropológicos que describen las relaciones de los miembros de algunas tribus guineanas como acciones con fines únicamente reproductivos.
- Asumiendo que eso sea así, ¿Qué hay de la ciencia? –dijo un encapuchado mostrando su máscara que simulaba un yelmo griego, posiblemente ateniense. Curioso, si no estaba equivocado se trataba de una Atenea muy varonil. Aunque bien pensado, era una relación más que adecuada- Gracias a ella ha sido el posible el progreso, y gracias a ella podremos terminar con los síntomas que nos aquejan.
- ¿Es necesario que volvamos a discutir en esta sesión los problemas que plantea la ciencia? –cortó Dajjal de improvisto.
- ¿Y el arte? ¿Y la creatividad? - Caliope, con una máscara sonriente e inspiradora lanzó la pregunta al aire para, instante más tarde, responderla-. Los humanos son capaces de portentos prodigiosos, son capaces de crear de la nada casi cualquier cosa. Es una capacidad asombrosa gracias a la cual hemos podido evolucionar como especie y llegar hasta donde hemos llegado. No lo olvidéis.
Aunque pudiera parecer un mero espectador, cada argumento generaba en mí nuevas reflexiones, nuevos puntos de vista, nuevas alternativas. La creatividad, el arte… No sé por qué, pero ello me llevó a desconectar unos minutos del devenir de la conversación.
¿Qué es la creatividad? Aquella facultad humana gracias a la cual somos capaces de innovar y crear nuevos productos. ¿Qué es necesario para que un producto sea creativo? Bueno, aunque exista cierta controversia al respecto, yo me inclinaría por la versión de un producto es creativo cuando es original o innovador y valorado positivamente en su contexto de referencia. Puede que sea una postura algo relativista, pero es una definición funcional que permite establecer un criterio de demarcación entre las distintas producciones humanas. ¿Y el arte? ¿Es necesariamente creativo? Sí y no. Las obras de arte son creaciones humanas y además muy valoradas. Por ello puede decirse que sí, que son originales y valoradas en su contexto de referencia, por lo que necesariamente han de ser creativas. Aun así, hay artistas que triunfan no por la originalidad de sus productos, sino por las estrategias del mercado. Y es que nuestro contexto de referencia no puede separarse del financiero, porque todo aquello que se demanda (y es posible que no haya nada que se demande más que el arte, a excepción –claro está- de los productos básicos y de primera necesidad) es un negocio potencial susceptible de ser explotado. Evidentemente pienso en la música o algunos de los best Sellers más populares de la última década.
¿Qué es para mí el arte? Para mí, y concretamente hablando de la escritura, el arte ha consistido en un refugio al que evadirme y en el que, cual dios megalómano y maquiavélico, tenía el control de absolutamente todo lo que sucedía, algo que no pasa nunca en la vida real. Para mí era una salida, una vía de escape que gustosamente he podido retomar tras un par de años hibernando.
- Y tampoco desterremos al olvido al saber y al conocimiento. No podemos destruir ahora una obra que se viene representando desde hace milenios –apuntó un tal Trismegistos.
- Así no llegaremos a ninguna parte, tendremos que llamarle- apuntó Luna. Pero, ¿llamar a quién? Había vuelto justo en la parte más emocionante.
- Estoy de acuerdo, llamemos a Dyehuty- sentenció Dajjal. Dyehuty dios egipcio de del conocimiento, si mal no recuerdo.
- Conforme.
- Me parece bien.
- De acuerdo.
- Sea pues, el sabrá como proceder.
Lo que pasó a continuación… emprendimos un ritual para invocar a Dyehuty. No me siento capaz de evocar a mi memoria una vez más lo sucesos que llevamos a cabo, pues temo perder mi cordura en el intento. Después de tres intensas horas finalizamos.
Y nada sucedió.
Aquello había sido una burda escusa, una tomadura de pelo, una patraña. Definitivamente me habían tomado el pelo y yo había sido tan idiota de picar.
¿O no?
- Martes 21, a las 00.00 en el vestíbulo del anexo, quedaremos 10 minutos antes en la puerta de la facultad- una hora y un lugar, era todo lo que necesitaba saber. Aunque a esa hora ese lugar fuese prácticamente inaccesible, Hans me dijo que no me preocupara por nada.
A diferencia de mis expectativas, no hubo ceremonia de bienvenida, ni pronunciación de votos secretos ni nada místico o extravagante. Me decepcionó un poco, la verdad, pues Hans se limitó a proporcionarme una túnica y una máscara. Me dijo que a partir de ese instante, cuando llevase la máscara sería Aralim, el dirigente de la orden angelical de los tronos en la cábala judía. No sabría judgar si era un nombre adecuado, el caso es que sonaba bien y me mostré conforme con su decisión. La máscara en sí no era gran cosa, un antifaz de porcelana escasamente ornamentado y con un ala emplumada en cada extremo, acorde mi nuevo alter-ego. Una vez me hube enfundado en la túnica carmesí, bastante liviana y exquisitamente confeccionada, nos dirigimos al interior del edificio. Sorprendentemente estaba abierto.
Sólo se escuchaba el repiqueteo de la calefacción de la sala de máquinas. La enorme sala permanecía a oscuras salvo por los haces de la luz lunar que penetraban por la claraboya del vestíbulo: el firmamento estaba despejado aquella noche, aquella noche de luna llena, aquella noche fatal. Das Kreis estaba reunido, y sus integrantes –cerca de una treintena de destacados individuos ataviados con largas túnicas ceremoniales- aguardaban pacientemente, dispuestos formando un círculo perfecto. Hubiera sido imposible distinguirles aunque me lo hubiese propuesto, pues todos los allí presentes ocultábamos el rostro bajo una capucha y, por si aquello fuera poco, tras la máscara. Cada uno tenía la suya, conformando así la identidad del miembro dentro de das Kreis, pero asimismo desvinculándole de su mundana e inútil existencia terrenal. En aquella sala todos éramos únicos y a su vez no éramos nadie.
Uno de los encapuchados dio un paso al frente, enseñando su máscara a los demás presentes: un Oni o demonio japonés. Antiguamente eran utilizadas por los guerreros samuráis para infundir terror en sus enemigos. Más tarde me enteré de que su nombre en das Kreis era Dajjal, el anticristo musulmán. Una enorme bestia que se alzaría en el fin de los tiempos contra los enemigos de Alá. Espeluznante.
- Hermanos, hermanas- dijo ceremoniosamente con una voz masculina-. Hoy estamos aquí reunidos con un propósito: terminar con la vida humana sobre la faz de la Tierra. Los astros han convenido que zanjemos hoy este asunto, la humanidad no merece seguir viviendo.
- No estoy de acuerdo- replicó una voz femenina, dando un paso al frente la figura en el extremo opuesto del círculo a Dajjal. No necesité ver más que su máscara para conocer su nombre en clave: Luna-. Los humanos hemos podido cometer muchos errores, pero también son responsables de multitud de buenas obras y de creaciones magistrales. Puede que no a nivel político, puede que no en ese mar de corrupción que son las altas esferas, pero sí en los contextos cotidianos, en el día a día, los humanos somos capaces de obrar abnegadamente por los demás, incluso por los desconocidos. Obras como esas merecen un acto de fe.
- Los humanos no juegan ningún papel importante en las fuerzas naturales- prosiguió Dajjal haciendo caso omiso de la intervención de Luna-, de hecho no respetan las normas implícitas de ningún ecosistema. A diferencia de los demás animales no se adaptan al medio, adaptan el entorno a sus demandas, destruyendo las reservas y recursos naturales que poseen paulatinamente. Sólo hay un organismo que se extienda y destruya a la misma velocidad que los humanos: los virus. ¿Y que hacemos con los virus? Erradicarlos. Eso debemos hacer con los humanos.
Aquello me hizo plantearme entonces qué papel juega el hombre en la vida, en la naturaleza. Alguien me dijo una vez que somos la forma que tiene la naturaleza de experienciarse a si misma. Ningún otro organismo vivo realiza los análisis meta-cognitivos que nuestra especie ha realizado sobre el entorno en el que nos desenvolvemos. Puede que estemos terminando con ello progresivamente, es más, puede que la naturaleza se vengue de nuestra osadía… pero afortunadamente la naturaleza no es más que un constructo humano, una especie de divinidad inventada sobre la marcha para poder estudiar cómo funciona el mundo. La percepción de control que se tiene al hablar de la naturaleza como único factor desencadenante de distintos fenómenos es mucho mayor que si descomponemos el constructo de naturaleza en múltiples causas o fenómenos naturales –valga la redundancia. Nos gusta tener todo bajo control, por eso creemos tanto en la ciencia, porque es una disciplina a priori rigurosa y que controla las distintas variables. Es mucho más conciliador pensar en un sistema lineal y controlado que en uno caótico.
Por desgracia –o por fortuna-, la naturaleza, la vida, son sistemas caóticos, esto es: multicausales, con tantos factores determinantes de un mismo hecho que es imposible controlarlos todos. En estos sistemas es imposible predecir las consecuencias ya que todo esta relacionado con todo y una perturbación aleatoria y trivial puede tener consecuencias catastróficas, mientras que un desastre enorme en uno de los factores apenas puede tener impacto. Esto se conoce como efecto mariposa.
Sin embargo existe en los sistemas caóticos una fuerza, un atractor, que restaura el equilibrio de los mismos después de los disturbios que puedan producirse en el mismo. ¿Qué sucede con la Tierra? Que los humanos están atacando esos mecanismos reguladores, y poco a poco los desastres ocasionados por éstos podrían quedar sin equilibrarse, destruyendo el sistema y creando necesariamente uno nuevo donde, quién sabe, quizás no haya cabida para la especie humana. Quizás Dajjal tenga razón y los seres humanos merezcan la extinción.
Un prolongado silencio siguió a la intervención de Dajjal. Sólo Casandra se atrevió a romper la tensión imperante en el ambiente, con su voz delicada.
- ¿Y qué hay del amor?
- ¿El amor? No me hagas reír- replicó Dajjal-. Querrás decir el sexo, la función reproductiva. No es más que un patético intento de disfrazar la verdad con sensiblerías pseudo-trascendentales.
- No estoy de acuerdo – Luna volvió a tomar la palabra antes de que Dajjal empezase con uno de sus nuevos monólogos catastrofistas-. No hay nada más hermoso que amar y ser correspondido. El sexo sin amor es basura comparado con la plenitud de hacer el amor con tu pareja.
- Ya está aquí la sensiblera –intervino Hans, cuyo nombre en clave era Dumah, el ángel de la oscuridad-. Coincido con Dajjal, el amor no es más que un artefacto cultural fruto de la sociedad para enmascarar la función reproductiva. Existen diversos estudios antropológicos que describen las relaciones de los miembros de algunas tribus guineanas como acciones con fines únicamente reproductivos.
- Asumiendo que eso sea así, ¿Qué hay de la ciencia? –dijo un encapuchado mostrando su máscara que simulaba un yelmo griego, posiblemente ateniense. Curioso, si no estaba equivocado se trataba de una Atenea muy varonil. Aunque bien pensado, era una relación más que adecuada- Gracias a ella ha sido el posible el progreso, y gracias a ella podremos terminar con los síntomas que nos aquejan.
- ¿Es necesario que volvamos a discutir en esta sesión los problemas que plantea la ciencia? –cortó Dajjal de improvisto.
- ¿Y el arte? ¿Y la creatividad? - Caliope, con una máscara sonriente e inspiradora lanzó la pregunta al aire para, instante más tarde, responderla-. Los humanos son capaces de portentos prodigiosos, son capaces de crear de la nada casi cualquier cosa. Es una capacidad asombrosa gracias a la cual hemos podido evolucionar como especie y llegar hasta donde hemos llegado. No lo olvidéis.
Aunque pudiera parecer un mero espectador, cada argumento generaba en mí nuevas reflexiones, nuevos puntos de vista, nuevas alternativas. La creatividad, el arte… No sé por qué, pero ello me llevó a desconectar unos minutos del devenir de la conversación.
¿Qué es la creatividad? Aquella facultad humana gracias a la cual somos capaces de innovar y crear nuevos productos. ¿Qué es necesario para que un producto sea creativo? Bueno, aunque exista cierta controversia al respecto, yo me inclinaría por la versión de un producto es creativo cuando es original o innovador y valorado positivamente en su contexto de referencia. Puede que sea una postura algo relativista, pero es una definición funcional que permite establecer un criterio de demarcación entre las distintas producciones humanas. ¿Y el arte? ¿Es necesariamente creativo? Sí y no. Las obras de arte son creaciones humanas y además muy valoradas. Por ello puede decirse que sí, que son originales y valoradas en su contexto de referencia, por lo que necesariamente han de ser creativas. Aun así, hay artistas que triunfan no por la originalidad de sus productos, sino por las estrategias del mercado. Y es que nuestro contexto de referencia no puede separarse del financiero, porque todo aquello que se demanda (y es posible que no haya nada que se demande más que el arte, a excepción –claro está- de los productos básicos y de primera necesidad) es un negocio potencial susceptible de ser explotado. Evidentemente pienso en la música o algunos de los best Sellers más populares de la última década.
¿Qué es para mí el arte? Para mí, y concretamente hablando de la escritura, el arte ha consistido en un refugio al que evadirme y en el que, cual dios megalómano y maquiavélico, tenía el control de absolutamente todo lo que sucedía, algo que no pasa nunca en la vida real. Para mí era una salida, una vía de escape que gustosamente he podido retomar tras un par de años hibernando.
- Y tampoco desterremos al olvido al saber y al conocimiento. No podemos destruir ahora una obra que se viene representando desde hace milenios –apuntó un tal Trismegistos.
- Así no llegaremos a ninguna parte, tendremos que llamarle- apuntó Luna. Pero, ¿llamar a quién? Había vuelto justo en la parte más emocionante.
- Estoy de acuerdo, llamemos a Dyehuty- sentenció Dajjal. Dyehuty dios egipcio de del conocimiento, si mal no recuerdo.
- Conforme.
- Me parece bien.
- De acuerdo.
- Sea pues, el sabrá como proceder.
Lo que pasó a continuación… emprendimos un ritual para invocar a Dyehuty. No me siento capaz de evocar a mi memoria una vez más lo sucesos que llevamos a cabo, pues temo perder mi cordura en el intento. Después de tres intensas horas finalizamos.
Y nada sucedió.
Aquello había sido una burda escusa, una tomadura de pelo, una patraña. Definitivamente me habían tomado el pelo y yo había sido tan idiota de picar.
¿O no?
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sábado, 29 de mayo de 2010
Capítulo I: La Invitación
¿Cuál es el sentido de la vida? ¿Qué propósito? ¿Qué finalidad? ¿Sentimiento? Demasiadas preguntas para un primer día, pero así fueron disparadas, avasallándonos desde el primer momento de la entrada en escena. Una sucedía a la siguiente y las respuestas dadas por los distintos integrantes del nuevo grupo en el que me encontraba nunca bastaban para responsarlas. De hecho se quedaban bastante cortas en muchas ocasiones. No obstante, enseguida me empapé de este clima participativo y empecé a soltarme en clases, llegando incluso alguna vez a romper el hielo. Dado que en mi licenciatura no son habituales los debates en el aula y que las respuestas de estas clases a las preguntas de los profesores suelen tener un cariz descriptivo, que tiende a adecuarse a los contenidos de la materia, sin intenciones de trascender más allá o de fomentar la participación. Me resulta sorprendente ahora, a posteriori, que llegase a participar tan asiduamente en la asignatura. Me recordaba a mi mismo en los primeros cursos de la carrera, cuando todos debatíamos sobre nuestras concepciones implícitas de lo que era ésta o aquella otra cosa.
Pues bien, el sentido de la vida puede entenderse de múltiples maneras: como significado de la vida, a nivel ideotético o individual, es decir, como el valor de una vida de un ser vivo cualquiera y si, más concretamente, hablásemos de un ser humano, yo diría que el significado de la vida de esa persona es la consecución de unas metas que se plantea; entendiendo sentido como dirección, osease, ¿hacia dónde se dirige la vida? La respuesta es hacia organismos cada vez más y más complejos. Por último, como sentimiento, concibiendo el sentido como el sentir, ya sea emocional o perceptivamente. A pesar de que ahora pudiera parecer irrelevante, considero interesante detenerme brevemente en este punto para que pueda captarse cuál era realmente la dinámica de esta materia, pues ¿qué es la vida? ¿qué delimita la vida de la no vida? Esta pregunta no es baladí, ya que dependiendo de la respuesta pueden derivarse distintas implicaciones bastante serias. Parece prudente fijar el punto de corte en la célula, la unidad elemental de vida, gracias a la cual ha sido posible la evolución de la vida hacia sistemas, como decía antes, de mayor complejidad: desde las células procariotas y eucariotas hasta el propio planeta o el mismísimo universo, pasando por los seres humanos, las sociedades o los ecosistemas. Y en un sentido individual ¿qué sentido tiene la vida de una persona? Depende de los valores y motivos de ese sujeto. Podemos entendernos como meros sistemas de metas, con ciertas necesidades que tratamos, en mayor o menos medida y con distintos grados de éxito, de alcanzar. Somos, no obstante, mucho más, pero el significado de nuestras vidas dependerá del que queramos dotarle.
Sea como fuere, el sentido de la vida es vivirla a un nivel individual, disfrutarla a un nivel sentimental, y perpetuarse en un sentido direccional, continuar y permanecer en el tiempo.
A los pocos días de iniciar el curso, recibí una extraña carta anónima, sin remitente. El sobre estaba manuscrito con una letra bastante elegante y cuidada, de trazos suaves y delicados, nada que ver con el mensaje que en su interior la misiva transmitía:
“Hemos estado observándote. Recibirás noticias nuestras próximamente. No hables de nosotros pues no existimos.
Atte. Das Kreis”
Inquietante cuanto menos. Al principio pensé que se trataba de una simple broma de mal gusto, y le resté importancia. Sin embargo cuando empecé a indagar por Internet en seguida encontré multitud de explicaciones, cada una más turbadora y alarmante que la anterior. Kreis en alemán significa círculo, y es una palabra que se utiliza para designar a un grupo o sociedad de personas con intereses afines. El más famoso de todo pude considerarse Eranoskreis, una congregación secreta de sabios, científicos, investigadores y especialistas que se reúnen ocho días para tratar aspectos diversos de un mismo tema.
La verdad es que me gusta desempeñar el papel de aprendiz, así que la posibilidad de unirme a un círculo de eruditos me entusiasmaba. Pero no todas las versiones eran igual de optimistas. De hecho, en un blog de un supuesto ex-figurante de la asociación anterior, se critica que la temática de la que versan las últimas reuniones del grupo es de ocultismo y misticismo, una corriente contraria al espíritu crítico y científico con el que fue creada.
Semanas más tarde, un compañero de “el sentido de la vida” se acercó a mí con motivo de las distintas opiniones y puntos de vista que había expuesto y defendido en el aula. Me sorprendió bastante este suceso puesto que mis intervenciones no eran nada espectaculares, es más, tendían a pasar desapercibidas y a no llamar en exceso la atención. Se llamaba Hans von Stauffen, un chico de estatura media y complexión delgada, de rostro enjuto y cabellos castaños y coincidía conmigo en varios aspectos así como en algunas aficiones. Apenas cruzamos un par de frases me dijo que había despertado el interés de das Kreis y que si me veía con ganas, podía explicarme un poco más al respecto. Al principio me sobresalté considerablemente, no podía creerme que ese chico tuviera algo que ver con la misteriosa nota, hasta podía haber sido él quien me la enviase. A pesar de todo, conseguí mantener la compostura y acepté de buen grado su invitación, pues la curiosidad me corroía por dentro.
Resultó que das Kreis era un grupo clandestino dedicado principalmente a la contemplación de temas ocultistas. Era raro verme en aquella situación: yo, un escéptico consumado aceptando iniciarme en una especie de secta satánica. Tenía su gracia, desde luego. Actuaba más movido por indagar sobre todo aquello que porque creyese en ello realmente.
Hans me facilitó el acceso a varios libros sobre el tema, ya que hasta que no tuviese suficientes conocimientos sobre el objeto de estudio y contemplación de das Kreis no podía presentarme ante ellos. Tomos de magia negra, compendios de criaturas, invocación, poderes psíquicos… un montón de basura, pero en nada se diferenciaban de las novelas que solía leer ni de los libros de ciencia ficción que tanto me gustaban. Era como ser un personaje de todas aquellas novelas de mi adolescencia, el pupilo, el aprendiz.
Es sorprendente cómo algo tan habitual como la lectura de un libro pueda ser percibido como un acto tan íntimo. A menudo me he visto asalto por este pensamiento cuando veo leer a otras personas novelas que he leído hace un tiempo. A veces, la relación mantenida con la historia llega a un nivel tan profundo, es capaz de marcarte tanto que se hacer extraño ver a otras personas pasar por ello.
Mientras el mundo se veía inmerso en una triple crisis (financiera, medioambiental y de valores), yo me sumergía cada vez más y más en el mundo de lo oculto lo espiritual. Llegamos a tratar estos aspectos en clase por encima, empezando por la más superficial de todas ellas: la económica. La problemática está servida cuando el ritmo del desarrollo actual de las grandes potencias económicas y de las emergentes requiere de una explotación de recursos muy superior a la cantidad de la que dispone el planeta. ¿Por qué no cambiamos? La respuesta con la que nos encontramos nos arrastra a la segunda de la crisis, la de valores: porque cambiar el consumo global implica cambiar el individual, renunciando así a una calidad de vida y a al comodidad de occidente y ello es algo que no todo el mundo está dispuesto a asumir. Existen posturas y planteamientos económicos alternativos que se proponen terminar con este problema, como el decrecimiento. Este sistema postula una reducción de la calidad de vida en los países enriquecidos y un crecimiento moderado en los empobrecidos, de manera que podamos sobrevivir de acuerdo a los recursos disponibles. No obstante, este tipo de propuestas enseguida son tildadas de utópicas y, pese a que es una alternativa viable, los gobiernos locales tienden a desecharlas con preocupante facilidad pues se preocupan más de los problemas a corto plazo, que pueden granjearles el apoyo del electorado, que lo más remotos en el tiempo.
No sé cuál es la solución, pero está claro que seguir sin hacer nada no va hacer más que incrementar el problema medio ambiental que nos acompaña desde hacer ya varias décadas. También se ha dado una gran controversia en este punto, ya que se asume dogmáticamente la existencia del problema cuando científicamente no hay un consenso y más de una teoría que lo niega. Es preocupante la poca difusión de estas teorías y del rechazo social que pueden llegar a producir esgrimirlas en según qué foro. Sea como fuere, seguir con este ritmo de consumo no sólo puede acentuar el cambio climático –exista o no realmente- sino que terminará con los recursos naturales, suceso que podría terminar con la vida, y su sentido.
La ciencia se ha convertido en el nuevo dogma, la nueva religión. Hemos cambiado el “amén” por el “científicamente probado”. La ciencia no sólo se ha puesto junto al estado y acomodado a sus demandas, sino que es además la herramienta utilizada por las empresas para aumentar las ventas de sus productos y contrastar empíricamente su eficacia –si pasar una encuesta a veinte mujeres sobre si les gusta un bálsamo hidratante es el empleo riguroso del método científico. Se me antoja paradójico que la forma de conocer más crítica que disponemos se haya convertido en una herramienta prescriptiva cuyos designios son incognoscibles.
¿Y todo para qué? Para aumentar los ingresos, por la historia de siempre: el dinero. ¿Y qué es el dinero? La base de nuestro sistema financiero (en crisis), una divisa que no dispone de un respaldo material. Hace un siglo, el dinero estaba respaldado por las reservas en oro de cada Estado. Sin embargo llegó un punto en el que no era suficiente. Debido a los procesos de enredamiento del Estado con las entidades bancarias, proceso mediante el cual se crea el dinero, tuvo que abandonarse las reservas de oro y emplearse el soporte informático para respaldarlo, el mundo virtual. Por lo tanto el dinero no existe físicamente, es fe de los consumidores en el sistema. ¡Compramos los bienes y servicios con fe en un sistema autodestructivo!
Si hubiera estado atento en lo que sucedía ahí fuera, ciertamente podría haber aprendido algo de utilidad. Pero los libros de Hans me tenían completa y absolutamente absorbido. Por un lado, me resultaba increíble que alguien pudiese haber escrito todas esas patrañas en serio y, por el otro, me fascinaba la forma de abordar de los distintos autores los temas. Si bien en algunos textos los argumentos de los autores eran infantiles y los razonamientos disparatados, otros se mostraban prudentes y exponían coherente las virtudes y las limitaciones de su modelo teórico, algo encomiable habida de los temas sobre los que versan.
Pues bien, el sentido de la vida puede entenderse de múltiples maneras: como significado de la vida, a nivel ideotético o individual, es decir, como el valor de una vida de un ser vivo cualquiera y si, más concretamente, hablásemos de un ser humano, yo diría que el significado de la vida de esa persona es la consecución de unas metas que se plantea; entendiendo sentido como dirección, osease, ¿hacia dónde se dirige la vida? La respuesta es hacia organismos cada vez más y más complejos. Por último, como sentimiento, concibiendo el sentido como el sentir, ya sea emocional o perceptivamente. A pesar de que ahora pudiera parecer irrelevante, considero interesante detenerme brevemente en este punto para que pueda captarse cuál era realmente la dinámica de esta materia, pues ¿qué es la vida? ¿qué delimita la vida de la no vida? Esta pregunta no es baladí, ya que dependiendo de la respuesta pueden derivarse distintas implicaciones bastante serias. Parece prudente fijar el punto de corte en la célula, la unidad elemental de vida, gracias a la cual ha sido posible la evolución de la vida hacia sistemas, como decía antes, de mayor complejidad: desde las células procariotas y eucariotas hasta el propio planeta o el mismísimo universo, pasando por los seres humanos, las sociedades o los ecosistemas. Y en un sentido individual ¿qué sentido tiene la vida de una persona? Depende de los valores y motivos de ese sujeto. Podemos entendernos como meros sistemas de metas, con ciertas necesidades que tratamos, en mayor o menos medida y con distintos grados de éxito, de alcanzar. Somos, no obstante, mucho más, pero el significado de nuestras vidas dependerá del que queramos dotarle.
Sea como fuere, el sentido de la vida es vivirla a un nivel individual, disfrutarla a un nivel sentimental, y perpetuarse en un sentido direccional, continuar y permanecer en el tiempo.
A los pocos días de iniciar el curso, recibí una extraña carta anónima, sin remitente. El sobre estaba manuscrito con una letra bastante elegante y cuidada, de trazos suaves y delicados, nada que ver con el mensaje que en su interior la misiva transmitía:
“Hemos estado observándote. Recibirás noticias nuestras próximamente. No hables de nosotros pues no existimos.
Atte. Das Kreis”
Inquietante cuanto menos. Al principio pensé que se trataba de una simple broma de mal gusto, y le resté importancia. Sin embargo cuando empecé a indagar por Internet en seguida encontré multitud de explicaciones, cada una más turbadora y alarmante que la anterior. Kreis en alemán significa círculo, y es una palabra que se utiliza para designar a un grupo o sociedad de personas con intereses afines. El más famoso de todo pude considerarse Eranoskreis, una congregación secreta de sabios, científicos, investigadores y especialistas que se reúnen ocho días para tratar aspectos diversos de un mismo tema.
La verdad es que me gusta desempeñar el papel de aprendiz, así que la posibilidad de unirme a un círculo de eruditos me entusiasmaba. Pero no todas las versiones eran igual de optimistas. De hecho, en un blog de un supuesto ex-figurante de la asociación anterior, se critica que la temática de la que versan las últimas reuniones del grupo es de ocultismo y misticismo, una corriente contraria al espíritu crítico y científico con el que fue creada.
Semanas más tarde, un compañero de “el sentido de la vida” se acercó a mí con motivo de las distintas opiniones y puntos de vista que había expuesto y defendido en el aula. Me sorprendió bastante este suceso puesto que mis intervenciones no eran nada espectaculares, es más, tendían a pasar desapercibidas y a no llamar en exceso la atención. Se llamaba Hans von Stauffen, un chico de estatura media y complexión delgada, de rostro enjuto y cabellos castaños y coincidía conmigo en varios aspectos así como en algunas aficiones. Apenas cruzamos un par de frases me dijo que había despertado el interés de das Kreis y que si me veía con ganas, podía explicarme un poco más al respecto. Al principio me sobresalté considerablemente, no podía creerme que ese chico tuviera algo que ver con la misteriosa nota, hasta podía haber sido él quien me la enviase. A pesar de todo, conseguí mantener la compostura y acepté de buen grado su invitación, pues la curiosidad me corroía por dentro.
Resultó que das Kreis era un grupo clandestino dedicado principalmente a la contemplación de temas ocultistas. Era raro verme en aquella situación: yo, un escéptico consumado aceptando iniciarme en una especie de secta satánica. Tenía su gracia, desde luego. Actuaba más movido por indagar sobre todo aquello que porque creyese en ello realmente.
Hans me facilitó el acceso a varios libros sobre el tema, ya que hasta que no tuviese suficientes conocimientos sobre el objeto de estudio y contemplación de das Kreis no podía presentarme ante ellos. Tomos de magia negra, compendios de criaturas, invocación, poderes psíquicos… un montón de basura, pero en nada se diferenciaban de las novelas que solía leer ni de los libros de ciencia ficción que tanto me gustaban. Era como ser un personaje de todas aquellas novelas de mi adolescencia, el pupilo, el aprendiz.
Es sorprendente cómo algo tan habitual como la lectura de un libro pueda ser percibido como un acto tan íntimo. A menudo me he visto asalto por este pensamiento cuando veo leer a otras personas novelas que he leído hace un tiempo. A veces, la relación mantenida con la historia llega a un nivel tan profundo, es capaz de marcarte tanto que se hacer extraño ver a otras personas pasar por ello.
Mientras el mundo se veía inmerso en una triple crisis (financiera, medioambiental y de valores), yo me sumergía cada vez más y más en el mundo de lo oculto lo espiritual. Llegamos a tratar estos aspectos en clase por encima, empezando por la más superficial de todas ellas: la económica. La problemática está servida cuando el ritmo del desarrollo actual de las grandes potencias económicas y de las emergentes requiere de una explotación de recursos muy superior a la cantidad de la que dispone el planeta. ¿Por qué no cambiamos? La respuesta con la que nos encontramos nos arrastra a la segunda de la crisis, la de valores: porque cambiar el consumo global implica cambiar el individual, renunciando así a una calidad de vida y a al comodidad de occidente y ello es algo que no todo el mundo está dispuesto a asumir. Existen posturas y planteamientos económicos alternativos que se proponen terminar con este problema, como el decrecimiento. Este sistema postula una reducción de la calidad de vida en los países enriquecidos y un crecimiento moderado en los empobrecidos, de manera que podamos sobrevivir de acuerdo a los recursos disponibles. No obstante, este tipo de propuestas enseguida son tildadas de utópicas y, pese a que es una alternativa viable, los gobiernos locales tienden a desecharlas con preocupante facilidad pues se preocupan más de los problemas a corto plazo, que pueden granjearles el apoyo del electorado, que lo más remotos en el tiempo.
No sé cuál es la solución, pero está claro que seguir sin hacer nada no va hacer más que incrementar el problema medio ambiental que nos acompaña desde hacer ya varias décadas. También se ha dado una gran controversia en este punto, ya que se asume dogmáticamente la existencia del problema cuando científicamente no hay un consenso y más de una teoría que lo niega. Es preocupante la poca difusión de estas teorías y del rechazo social que pueden llegar a producir esgrimirlas en según qué foro. Sea como fuere, seguir con este ritmo de consumo no sólo puede acentuar el cambio climático –exista o no realmente- sino que terminará con los recursos naturales, suceso que podría terminar con la vida, y su sentido.
La ciencia se ha convertido en el nuevo dogma, la nueva religión. Hemos cambiado el “amén” por el “científicamente probado”. La ciencia no sólo se ha puesto junto al estado y acomodado a sus demandas, sino que es además la herramienta utilizada por las empresas para aumentar las ventas de sus productos y contrastar empíricamente su eficacia –si pasar una encuesta a veinte mujeres sobre si les gusta un bálsamo hidratante es el empleo riguroso del método científico. Se me antoja paradójico que la forma de conocer más crítica que disponemos se haya convertido en una herramienta prescriptiva cuyos designios son incognoscibles.
¿Y todo para qué? Para aumentar los ingresos, por la historia de siempre: el dinero. ¿Y qué es el dinero? La base de nuestro sistema financiero (en crisis), una divisa que no dispone de un respaldo material. Hace un siglo, el dinero estaba respaldado por las reservas en oro de cada Estado. Sin embargo llegó un punto en el que no era suficiente. Debido a los procesos de enredamiento del Estado con las entidades bancarias, proceso mediante el cual se crea el dinero, tuvo que abandonarse las reservas de oro y emplearse el soporte informático para respaldarlo, el mundo virtual. Por lo tanto el dinero no existe físicamente, es fe de los consumidores en el sistema. ¡Compramos los bienes y servicios con fe en un sistema autodestructivo!
Si hubiera estado atento en lo que sucedía ahí fuera, ciertamente podría haber aprendido algo de utilidad. Pero los libros de Hans me tenían completa y absolutamente absorbido. Por un lado, me resultaba increíble que alguien pudiese haber escrito todas esas patrañas en serio y, por el otro, me fascinaba la forma de abordar de los distintos autores los temas. Si bien en algunos textos los argumentos de los autores eran infantiles y los razonamientos disparatados, otros se mostraban prudentes y exponían coherente las virtudes y las limitaciones de su modelo teórico, algo encomiable habida de los temas sobre los que versan.
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jueves, 27 de mayo de 2010
Capítulo 0: Introducción
“Un trabajo que, ante todo, sea personal”.
Muy bien… algo personal, ¿pero el qué? ¿¡Diantres, el qué!?
De esta guisa empezamos, con el primero de los folios en blanco y sin una idea definida de por dónde comenzar. Son muchos los días que llevo dándole vueltas al respecto y estoy igual que al principio, con una salvedad: sin tiempo. El sentido de la vida… un gran título, ¿verdad? Parece abarcarlo todo, de hecho son muchos aspectos los que bajo este epígrafe, de un modo u otro, pueden terminar tocándose. Tanto es así que al final no tendríamos nada, pues en diez páginas sólo podrían glosarse brevemente varios temas sin apenas profundizar en los mismos.
Es algo tan metafísico y a la vez tan concreto, algo armonioso y a la vez polémico. En una palabra: contradictorio. Y no se lea contradictorio con connotaciones negativas o como algo incongruente, nada más allá de la verdad. Léase como una perspectiva holística donde hay cabida a todo tipo de concepciones y, por tanto, a la discusión y a la contradicción entre las distintas versiones de los hechos. La Vida no merece menos.
¿Pero qué clase de introducción es esta?
Por favor, caballero, o señora, o señorita, permítanme presentarme: mi nombre es Janus Feuerstern, narrador irrespetuoso. Le ruego que me disculpe y me deje empezar desde el principio porque es una buena historia. O bueno, al menos es entretenida… Eso espero, nunca se me dieron del todo bien estas cosas.
Veamos, todo comienza en la universidad cuando, indeciso ante la multitud de posibilidades que ofrece el sistema académico vigente, me vi en la tesitura de elegir entre un amplio espectro de posibilidades para cursar créditos y quitarme unos cuantos de encima. Así funciona nuestro sistema universitario y, por desgracia, así somos los estudiantes: pensando en la alternativa que cueste menos esfuerzo para pasar al siguiente curso. Es un poco lamentable, pues la tendencia general es pensar más en cómo superar el examen de turno en lugar de reflexionar sobre los contenidos que se imparten en los contextos académicos.
En mi caso, menos esfuerzo se refiere a asignaturas que puedan resultarme de interés, pues a la hora de examinarme de ellas el estudio se hace mucho más ameno y hasta es posible que aprenda algo, que es de lo que se trata al fin y al cabo. Y fue justo entonces cuando reparé en una asignatura en particular: “el sentido de la vida”. Conociéndome, aquella materia me iba a gustar, ¿qué sentido tiene mi existencia? Es una muy buena pregunta y aunque seguramente los aspectos a tratar en aquella clase distasen mucho de responder a esta cuestión, siempre es divertido divagar y pensar sobre elementos a priori tan metafísicos. Era posible que me llevase una decepción, pero si no lo intentaba nunca llegaría saberlo.
Seguramente se preguntará qué tiene esto que ver con aquella historia tan fantástica y fabulosa que le prometí al principio… No se preocupe, tenga paciencia pues aunque pueda parecer algo trivial, este fue el primer hecho que marcó el rumbo de los acontecimientos que aquí trato de plasmar.
Muy bien… algo personal, ¿pero el qué? ¿¡Diantres, el qué!?
De esta guisa empezamos, con el primero de los folios en blanco y sin una idea definida de por dónde comenzar. Son muchos los días que llevo dándole vueltas al respecto y estoy igual que al principio, con una salvedad: sin tiempo. El sentido de la vida… un gran título, ¿verdad? Parece abarcarlo todo, de hecho son muchos aspectos los que bajo este epígrafe, de un modo u otro, pueden terminar tocándose. Tanto es así que al final no tendríamos nada, pues en diez páginas sólo podrían glosarse brevemente varios temas sin apenas profundizar en los mismos.
Es algo tan metafísico y a la vez tan concreto, algo armonioso y a la vez polémico. En una palabra: contradictorio. Y no se lea contradictorio con connotaciones negativas o como algo incongruente, nada más allá de la verdad. Léase como una perspectiva holística donde hay cabida a todo tipo de concepciones y, por tanto, a la discusión y a la contradicción entre las distintas versiones de los hechos. La Vida no merece menos.
¿Pero qué clase de introducción es esta?
Por favor, caballero, o señora, o señorita, permítanme presentarme: mi nombre es Janus Feuerstern, narrador irrespetuoso. Le ruego que me disculpe y me deje empezar desde el principio porque es una buena historia. O bueno, al menos es entretenida… Eso espero, nunca se me dieron del todo bien estas cosas.
Veamos, todo comienza en la universidad cuando, indeciso ante la multitud de posibilidades que ofrece el sistema académico vigente, me vi en la tesitura de elegir entre un amplio espectro de posibilidades para cursar créditos y quitarme unos cuantos de encima. Así funciona nuestro sistema universitario y, por desgracia, así somos los estudiantes: pensando en la alternativa que cueste menos esfuerzo para pasar al siguiente curso. Es un poco lamentable, pues la tendencia general es pensar más en cómo superar el examen de turno en lugar de reflexionar sobre los contenidos que se imparten en los contextos académicos.
En mi caso, menos esfuerzo se refiere a asignaturas que puedan resultarme de interés, pues a la hora de examinarme de ellas el estudio se hace mucho más ameno y hasta es posible que aprenda algo, que es de lo que se trata al fin y al cabo. Y fue justo entonces cuando reparé en una asignatura en particular: “el sentido de la vida”. Conociéndome, aquella materia me iba a gustar, ¿qué sentido tiene mi existencia? Es una muy buena pregunta y aunque seguramente los aspectos a tratar en aquella clase distasen mucho de responder a esta cuestión, siempre es divertido divagar y pensar sobre elementos a priori tan metafísicos. Era posible que me llevase una decepción, pero si no lo intentaba nunca llegaría saberlo.
Seguramente se preguntará qué tiene esto que ver con aquella historia tan fantástica y fabulosa que le prometí al principio… No se preocupe, tenga paciencia pues aunque pueda parecer algo trivial, este fue el primer hecho que marcó el rumbo de los acontecimientos que aquí trato de plasmar.
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